jueves, 23 de julio de 2009

Crónica de una pérdida anunciada (1/3)

Verano, y Stampida se sentía frío y sólo, se permitió parafrasear a García Márquez diciéndose "esto era la crónica de una pérdida anunciada". Aquel día sentía auténticos temblores, le recordaban a los que antaño sintió cuando era pequeño y temía a la oscuridad. Sin embargo, estos temblores eran mucho peores, el miedo era infinitamente mayor.

Sentía como si su equilibrio dependiera sólo de la consistencia de su piel y sus huesos. Se venía abajo, tenía el alma en los talones. Se sentía sólo carcasa, cáscara seca, la boca le sabía a retama. Su vació interior se llenaba de un torbellino de duda y dolor, llevaba tiempo sin experimentar esos dolores, y sospechó que ya no le quedaba mucho. Su función estaba acabando y ya no se acordaba del resto de su guión.

Totalmente destemplado se sentó en la ducha bajo el agua caliente que golpeaba su cabeza. Sus oídos inundados le aislaban del resto del mundo, escuchaba sus pensamientos y no eran leídos por su voz, aquella voz era preciosa. Intentaba recordar su yo mismo de hacía años, cuando todo era perfecto y la sencillez cotidiana le hacía un hombre completo. Ya no se atrevía a abrir su caja de recuerdos, le daba miedo lo que allí había, y sólo el pensar en la caja guardada al fondo del armario hacía que la hiel subiera por su garganta.

Pensando si se atrevería a dar el siguiente paso, y el único que para sí quedaba, Stampida se dijo "muchacho, sabías que ibas a perder, y has perdido".

La luz se fue, el agua se volvió fría y él no supo que hacer…o no se atrevía a hacerlo.

domingo, 14 de junio de 2009

Lo que nunca se dijo

La inspectora Cordelia observaba el escenario del crimen. Había ordenado a sus hombres que salieran de la habitación y sólo un inexperto policía se encontraba con ella, apuntando las ideas, pistas y conclusiones que la inspectora susurraba conforme examinaba la extraña escena.
Una voz anónima alertó de la muerte de Alejandro, escritor y amante de primera, murió joven sin enemigos. Aunque manejaba con destreza la palabra escrita, siempre fue parco en palabras, siempre hablo con sus manos y su mirada. Sólo abría la boca cuando ya no podía más, y sólo unos pocos los sabían.
Cordelia observaba el cadáver de Alejandro, y se preguntaba por qué lo habían ahogado con tinta negra. El joven había muerto mientras dormía, su mirada era apacible, y un hilo de tinta se derramaba por la comisura de sus labios. La tinta llenaba su garganta, inundaba sus pulmones, había rezumado por su boca y empapaba las sabanas azules que dibujaban un fondo marino.

La inspectora, que guardaba silencio, se acercó al cadáver, se acerco mucho, muchísimo. Observó la hilera de tinta que salía de su boca. Se limitó a decir dos palabras tras un profundo suspiro: "qué pena".
El inexperto policía, que por algo era inexperto, se adelantó a vaticinar cuál podría haber sido el final de Alejandro, "inspectora, obviamente le han hecho tragar tinta hasta morir". Asertó con satisfacción. "Seguramente le molestaría a algún colega escritor envidioso" -justificó. Cordelia miró al policía, hizo una mueca de despreció, y le preguntó "¿te has dado cuenta que desde que estamos aquí no ha dejado de salir tinta de su boca?". Aquello dejó sin palabras al policía. Desde que habían llegado, el caudal del hilo de tinta se había mantenido constante, fino pero constante.

La teoría de Cordelia fue tajante: "algunas personas mueren por lo que hablan, otras mueren por lo que callan". La inspectora sacó esta conclusión cuando observando de cerca el hilo de tinta, notó que no era un chorro tal cual, sino una hilera de versos, palabras, sentimientos, sensaciones, mil declaraciones, mil "tequieros", mil "ojala y me perdones"... Alejandro calló tantas cosas y por tanto tiempo que sólo en forma de palabra escrita pudieron brotar de su cuerpo, ahogándolo cuando ya no pudo más. Las manchas en las sábanas eran composiciones preciosas y especiales de palabras cuidadosamente seleccionadas. Escritas en letra ínfima y apelotonada, parecían manchas ante ojos inexpertos. Cordelia supo mirar algo más.

Resuelto el caso, sólo una duda se quedó la inspectora para sí..."¿por quién se le atragantaron al escritor todas aquellas palabras?¿a quién no pudo decir todo aquello?".
Cordelia guardó fotos de máxima resolución de todas las manchas de tinta que pudo encontrar en la cama. Las conservaría hasta que diera con la persona a quien iban dirigidas. Las palabras de Alejandro no podían perderse en el olvido...ni en una lavadora con detergente efectivo.

miércoles, 10 de junio de 2009

Hasta aquí hemos llegado

Como se le habían juntado demasiados bofetones en los últimos días, pensó que lo más sensato era cambiar de piel, y ponerse una de esas de los superheroes que son duras como piedras. Nunca fue tan duro como parecía, nunca fue tan malo como le dijeron...al fin y al cabo siempre se había visto obligado a llevar un caparazón con el que aguantar cosas que ya no debía.

lunes, 8 de junio de 2009

Lo de siempre..siempre!

Sólo envidia y ambición! Pasaré sobre tu cabeza.
Confía en mi, dame tu mano, me la quedaré si me interesa.
Mascara de sonrisas, complicidad, ¿qué planeas?,
acércate a mi lado, para matarte, mejor cuanto más cerca.

Se desvanece la amistad, sólo queda miedo y recelo,
si te viene bien, sé que volverás a hacerlo.
Métela doblada, busca cualquier consentimiento,
la excusa siempre da igual, cuando sacas tajada de ello.

Qué triste resulta cuando olvido cómo eras,
qué triste tener que aceptarte, viendo cómo ahora me observas,
giras tu cabeza, complaciente, y despotricas contra quien sea,
si con eso te quedas a gusto...a mi no me interesa.

Hoy vuelvo a desconfiar de la gente, no quiero ser como ellos.

PS. No pretendo hacer poesía, sólo escribo lo que veo

martes, 2 de junio de 2009

En mirando a la reversa

…y para que a todos los observadores les quedara claro gritó lo siguiente sin poder dejar de llorar: ni una más, se acabaron las brazadas contra el viento y los tentáculos que siempre tiraban hacia el fondo del azul.

Esa era la última vez que contemplaba rostros de mármol, “para caras duras la mía”. Cogió las únicas ropas que había a su alcance, pesadas como el hierro, y vistiéndolas con facilidad por esfuerzo al que se había sometido arrancó a paso ligero directo hacia una puerta que no sabía si existía, pero que ahí estaba, que cruzaría.

Si la puerta no se abre, se arranca, ya se llamó demasiadas veces sin obtener respuesta.

Recordó cuando cantaba sin ganas, cuando susurraba, cuando las palabras apenas se derramaban por su boca, impulsadas por un hilo de voz que denotaba pena. Recordó cuando cantaba para respirar, nada le merecía la pena y la tristeza que otrora pisaba, había crecido y alcanzaba niveles alarmantes. No sabía ya si alguna vez había sido feliz ahora que echaba la vista atrás. La boca le sabía a retama, y odiaba la sinjactancia ajena, el desplante “porquesí”.

Hoy era su último día como poeta tenebrista. Como tantas veces se dijo (pero esta vez ya no en vano), hasta aquí hemos llegado, ya no me vuelves a torcer la risa.

jueves, 21 de mayo de 2009

El Perfecto Mingitante (1/2)

Con cierta frecuencia, la etiqueta y la educación y la falsa seriedad nos llevan a evitar los asuntos escatológicos...y estamos evitando la esencia misma de la vida. Sobre todo, el individuo del genero masculino suele ser victima de frases como "qué fácil lo tienes para mear" o la conocidísima “te la sacas y ya está”...no nos confundamos, nada más lejos de la realidad, ya que el arte de la mingitación masculina encierra arte y tradición, y destreza (si se me permite decirlo) para realizar la faena con total pulcritud.

Ofreciendo un enfoque simplificado, la mingitación masculina se resume en cuatro pasos bien diferenciados y OBLIGATORIOS: bajada de cremallera, extracción del aparato, mingitación al uso y guardado del aparato. El lector avezado notará que la NO realización de uno de estos pasos desembocará en desastre (avergonzante si se trata del primero, escandalizante para algunos si se trata del último).

Aunque a priori el primer paso es tranquilo, todo dependerá de la urgencia del mingitante. No apuremos porque la ley de Murphy dice que la cremallera se atascará en momento más inapropiado. Como caso excepcional, para aquellos individuos que no sirvan de usar calzoncillos, recojan la punta contrayendo al máximo el abdomen para evitar accidentes desagradables. El segundo paso se deberá realizar con cuidado y sutiliza: no está manejando una manguera.

En realizando el primer paso, no todo es dar rienda suelta a la mingitación. Resulta vital apuntar, calcular la trayectoria, y en su caso, tener en cuenta la distancia que nos separa del urinario. Un factor vital para centrar el "disparo inicial" (porque también hay un disparo final) es la fuerza de salida, que cual moto en primera marcha suele salir excesivamente acelerado. Pasado este primer momento, el perfecto mingitante deberá mantener la calma y para evitar desviaciones del caudal vertido al vacío. Incluso este interludio resulta importante para realizar una tarea elegante y digna de un caballero, ya que aunque la puntería sea perfecta, controlar el efecto de choque del fluido contra la superficie marmórea puede desperdigar mil gotas ínfimas por los alrededores que, aunque nosotros no veamos, ellas sí. ¿Cómo salpicar casi casi nada en este momento intermedio donde todo está bajo control?...señores, apuntemos al agua, que por su condición líquida absorberá mejor la fuerza del fluido vertido e impedirá que las gotas que caen reboten sin control. Hay quien piensa que un efecto parabólico aprovechando la curvatura del inodoro reduce a cero el impacto, y con esto, las “gotescas” consecuencias.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Deslastrando

...y decidió que su particular Show de Truman tenía que finalizar. Y como en el carcelario espectáculo, donde permanecía preso de sus miedos cancerveros, buscaría una puerta más allá del mar que en calma chicha le susurraba..."ven..atrévete..sabes lo que guardo para ti al final".

Nadó por tiempo indefinido, su única esperanza era que hubiera una esperanza al final, una puerta que quizá se pudiera abrir. El nudo en la garganta le acompañó durante toda la travesía, pensaba que derribar el muro sería lo peor, pero olvidó sacudir de sus pantalones el polvo que con el agua se tornó roca.

Cuando lo que en caliente no distinguía en el agua se volvió lastre, la muerte no le pareció una mala solución. Sin embargo, como la roca se fundió con sus vestimentas, las asumió y siguió adelante. Aprendió a nadar en sueños para así aprovechar los ratos de pernocta.

Un amanecer, cuando ya había olvidado todas sus razones y sus ropas parecían raídas por el efecto de la sal de sus llantos, sintiéndose ingrávido abrió los ojos, y dolorido por el esfuerzo nocturno la vio...estaba ahí.

Sin el color oscuro de sus pesadas vestimentas de reo se sintió liberado, y para que a todos los observadores les quedara claro gritó lo siguiente sin poder dejar de llorar...